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Archivo para agosto 15, 2007

Mensaje al pueblo de Estados Unidos

Mensaje al pueblo de Estados Unidos

Cinco cubanos leales a su pueblo, que durante 33 meses y 5 días hemos soportado el riguroso encierro en las celdas de una prisión de otro país cuyas autoridades son hostiles al nuestro, y donde hemos sido juzgados después de un largo y escandaloso proceso mediante procedimientos, métodos y objetivos de carácter absolutamente políticos y bajo un verdadero diluvio de propaganda malintencionada y fraudulenta, hemos decidido dirigirnos directamente al pueblo norteamericano para hacerle conocer que hemos sido víctimas de una colosal injusticia.

Se nos acusó de poner en peligro la seguridad de Estados Unidos, imputándonos numerosos cargos, e incluso delitos como la conspiración para asesinar los que, por su incuestionable falsedad, no fueron ni podrán ser probados, y por los cuales podemos ser sancionados a decenas de años de prisión y a cadenas perpetuas.

Un jurado constituido en Miami, y esto lo explica por sí mismo, nos declaró culpables de todos los cargos que se nos imputaban.

Somos patriotas cubanos que nunca tuvimos la intención de dañar los valores del pueblo norteamericano, ni su integridad; sin embargo, nuestro pequeño país, que heroicamente ha sobrevivido durante 40 años a agresiones y amenazas a su seguridad, a planes de subversión, sabotajes y a la desestabilización interna, tiene derecho a defenderse de sus enemigos, que utilizan el territorio norteamericano para planear, organizar y financiar actos terroristas violando las propias leyes internas que los prohíben.

Tenemos derecho a la paz, al respeto a nuestra soberanía y a nuestros intereses más sagrados.

Estuvimos en este país durante más de cuatro años y siempre nos preguntamos por qué no podemos vivir en paz ambos pueblos, por qué intereses mezquinos de una extrema derecha, incluidos grupos y organizaciones terroristas de origen cubano, pueden enrarecer la atmósfera entre dos pueblos, que por su cercanía geográfica están en posibilidad de mantener relaciones de respeto e igualdad.

En nuestros días de prisión hemos reflexionado sobre nuestra conducta en este país y reafirmamos la más profunda convicción de que con nuestra actitud y acciones no transgredimos ni pusimos en peligro la seguridad del pueblo norteamericano y sí contribuimos en alguna medida a descubrir planes y acciones terroristas contra nuestro pueblo, evitando la muerte de ciudadanos inocentes cubanos y norteamericanos.

¿Por qué es necesario que patriotas cubanos cumplan el honroso deber de proteger a su país, lejos de su familia y seres más queridos, teniendo incluso que postergar el disfrute de la convivencia diaria con su pueblo?

¿Por qué autoridades de Estados Unidos con su tolerancia permiten que se atente contra nuestro país; no investigan ni adoptan medidas contra los planes terroristas que CUBA ha denunciado, no evitan los numerosos planes de atentado contra nuestros dirigentes?

¿Por qué los autores confesos de estos y otros actos terroristas se pasean libremente por el sur de la Florida, como se evidenció en el desarrollo del juicio?

¿Quiénes fueron sus entrenadores y quiénes permiten sus planes?

¿Quiénes son los que verdaderamente perjudican la seguridad de Estados Unidos?

Son los grupos terroristas de origen cubano y sus mentores económicos y políticos norteamericanos los que erosionan la credibilidad de este país, los que dan a esta nación una imagen de salvajismo y a sus instituciones un comportamiento inconsecuente, prejuiciado y poco serio, incapaz de conducirse con cordura y sensatez ante los problemas que tienen que ver con CUBA.

Estos grupos y sus mentores se han organizado con vistas a influir para propiciar un conflicto entre ambos países. Promueven en el Congreso y en el Ejecutivo medidas y cursos cada vez más agresivos hacia CUBA.

Ellos quieren mantener actualizada la historia de invasiones, sabotajes, agresiones biológicas u otras similares. Luchan por crear situaciones que provoquen graves incidentes para nuestros pueblos.

Como resultado de estas agresiones en nuestro país, entre los años 1959 y 1999, se provocaron 3 478 muertos y 2 099 incapacitados, así como un elevado costo material.

Continúan desarrollando campañas de propaganda para distorsionar la imagen de CUBA en Estados Unidos y tratan de impedir con diferentes pretextos, mediante leyes y regulaciones, que los norteamericanos viajen libremente a CUBA y valoren la situación real del país. También obstaculizan la cooperación en temas de interés mutuo como la lucha contra la emigración ilegal y el tráfico de drogas que tanto afecta a la población estadounidense.

A ello se une la constante demanda de nuevos y mayores fondos del gobierno, que afectan a los contribuyentes, para financiar las actividades contra CUBA. Enormes sumas que se dedican a transmisiones radiales, de televisión y al financiamiento de sus súbditos en la Isla, van en detrimento de los recursos para afrontar problemas sociales que afectan a los propios ciudadanos norteamericanos.

Hay antecedentes recientes de la influencia y presiones que estos grupos ejercen sobre la comunidad en Miami, sus agencias gubernamentales, incluido el sistema judicial.

El mayor servicio que se le puede prestar al pueblo norteamericano es liberarlo de la influencia de estos extremistas y terroristas que tanto daño le hacen a Estados Unidos al conspirar contra sus propias leyes.

Nunca hicimos nada por dinero y siempre vivimos modesta y humildemente, a la altura del sacrificio que realiza nuestro pueblo.

Nos guió un fuerte sentimiento de solidaridad humana, amor a nuestra patria y desprecio por todo lo que no respete la dignidad del hombre.

Los acusados en esta causa no nos arrepentimos de lo que hemos realizado para defender a nuestro país. Nos declaramos totalmente inocentes. Nos reconforta el deber cumplido con nuestro pueblo y nuestra patria. Nuestras familias comprenden el alcance de las ideas que nos han guiado y sentirán orgullo por esta entrega a la humanidad en la lucha contra el terrorismo y por la independencia de CUBA.

EL IMPERIO Y LA ISLA INDEPENDIENTE

EL IMPERIO Y LA ISLA INDEPENDIENTE
Fidel Castro Ruz
Fuente Granma


La historia de Cuba en los últimos 140 años es la de la lucha por preservar la identidad e independencia nacionales, y la historia de la evolución del imperio de Estados Unidos, su constante pretensión de apropiarse de Cuba y los horrendos métodos que hoy utiliza para mantener el dominio del mundo. Destacados historiadores cubanos han tratado con profundidad estos temas en distintas épocas y en diversos y excelentes libros que merecen estar al alcance de nuestros compatriotas. Estas reflexiones van dirigidas especialmente a las nuevas generaciones con el objetivo de que conozcan hechos muy importantes y decisivos en el destino de nuestra patria

Primera parte: La imposición de la Enmienda Platt como apéndice de la Constitución neocolonial cubana de 1901.

La “doctrina de la fruta madura” fue formulada en 1823 por John Quincy Adams, Secretario de Estado y más tarde Presidente. Estados Unidos inevitablemente lograría, por ley de gravitación política, apoderarse de nuestro país al romperse la subordinación colonial a España.

Bajo el pretexto de la voladura del “Maine” —suceso que está todavía por desentrañar, aprovechado para desatar la guerra contra España, como el incidente del Golfo de Tonkin, hecho que en cambio fue probadamente prefabricado a los efectos de atacar a Viet Nam del Norte—, el presidente William McKinley firmó la Resolución Conjunta del 20 de abril de 1898, la cual declaraba “… que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”, “… que los Estados Unidos por la presente declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando esta se haya conseguido, de dejar el gobierno y dominio de la Isla a su pueblo.” La Resolución Conjunta autorizó al Presidente el uso de la fuerza para eliminar el gobierno español en Cuba.

El coronel Leonard Wood, jefe principal del regimiento de los Rough Riders, y Theodore Roosevelt, segundo jefe de los voluntarios expansionistas que desembarcaron en nuestro país por las playas próximas a Santiago de Cuba, ya destruida por los acorazados norteamericanos la valiente pero mal utilizada escuadra española y la infantería de Marina que llevaba a bordo, solicitaron el apoyo de los insurrectos cubanos, que al precio de enormes sacrificios habían desgastado y puesto fuera de combate al ejército colonial español. El regimiento de los Rough Riders había desembarcado sin los caballos.

Tras la derrota española el 10 de diciembre de 1898, se firmó el Tratado de París entre los representantes de la Reina Regente de España y los del Presidente de Estados Unidos, en el cual, a espaldas del pueblo de Cuba, se acordó que España renunciaba a todo derecho de soberanía y propiedad sobre la isla y la evacuaría. Cuba sería ocupada por Estados Unidos con un carácter temporal.

Ya nombrado gobernador militar norteamericano y Mayor General del Ejército, Leonard Wood dictó la Orden 301 del 25 de julio de 1900, por la que se decretó la realización de una elección general para delegados a una Asamblea Constituyente que debería reunirse en la ciudad de La Habana a las 12 del día del primer lunes de noviembre de 1900, con el objetivo de redactar y adoptar una Constitución para el pueblo de Cuba.

El 15 de septiembre de 1900 se efectuaron los comicios, en los cuales fueron seleccionados 31 delegados provenientes de los partidos Nacional, Republicano y Unión Democrática. El 5 de noviembre de 1900 se procedió a realizar la apertura de la Convención Constituyente en el Teatro Irijoa de La Habana, ocasión en que recibió el nombre de Teatro Martí.

El general Wood, en representación del Presidente de Estados Unidos, declaró constituida la Asamblea. Wood les adelantó los propósitos que abrigaba el gobierno de Estados Unidos: “Cuando hayáis formulado las relaciones que, a vuestro juicio, deben existir entre Cuba y Estados Unidos, el gobierno de Estados Unidos adoptará sin duda alguna las medidas que conduzcan por su parte a un acuerdo final y autorizado entre los pueblos de ambos países, a fin de promover el fomento de sus intereses comunes.”

La Constitución de 1901 dispuso en su Artículo 2 que “componen el territorio de la República, la Isla de Cuba, así como las islas y cayos adyacentes que con ella estaban bajo la soberanía de España hasta la ratificación del Tratado de París de 10 de diciembre de 1898.”

Redactada la Constitución, llegó el momento de definir las relaciones políticas entre Cuba y Estados Unidos. Al efecto, el 12 de febrero de 1901 se designó una comisión de cinco miembros encargada de estudiar y proponer lo que procediera al expresado fin.

El 15 de febrero el gobernador Wood invitó a los miembros de la comisión a una pesquería y les ofreció un banquete en Batabanó, ruta principal de acceso a la Isla de Pinos, como se le conocía, entonces ocupada también por las tropas de Estados Unidos que intervinieron en la Guerra de Independencia de Cuba. En el propio Batabanó les dio a conocer una carta del Secretario de la Guerra, Elihu Root, en la que estaban contenidos los aspectos fundamentales de la futura Enmienda Platt. Según las instrucciones recibidas de Washington, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos debían regularse por varios aspectos. El quinto de estos era que, para facilitar a Estados Unidos el cumplimiento de deberes tales como los que recaerían sobre ellos por las estipulaciones ya expresadas, y para su propia defensa, Estados Unidos podría adquirir título, y conservarlo, de terrenos para estaciones navales y mantener estas en ciertos puntos específicos.

Al conocer la Convención Constituyente cubana las condiciones exigidas por el gobierno de Estados Unidos, aprobó, el 27 de febrero de 1901, una posición opuesta a la del Ejecutivo norteamericano, en la cual se eliminaba el establecimiento de estaciones navales.

El gobierno de Estados Unidos acordó con el senador republicano de Connecticut, Orville H. Platt, la presentación de una enmienda al proyecto de Ley de Presupuesto del Ejército que convertiría en hecho consumado la implantación en suelo cubano de bases navales norteamericanas.

En la Enmienda, aprobada por el Senado de Estados Unidos el 27 de febrero de 1901, por la Cámara de Representantes el 1° de marzo, y sancionada por el presidente McKinley al día siguiente, como anexo a la “Ley concediendo créditos para el Ejército en el año fiscal que termina el 30 de junio de 1902″, el artículo sobre las bases navales quedó redactado de la siguiente forma:

“Art. VII.- Para poner en condiciones a Estados Unidos de mantener la independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que convendrán con el Presidente de Estados Unidos.”

En el artículo VIII se añadía: “El gobierno de Cuba insertará las anteriores disposiciones en un tratado permanente con Estados Unidos.”

La rápida aprobación de la Enmienda por el Congreso de Estados Unidos obedecía a la circunstancia de encontrarse éste próximo a terminar el período legislativo y contar el presidente McKinley con mayoría segura en ambas Cámaras para aprobarla sin dificultades. Estaba convertida en Ley de Estados Unidos cuando, el 4 de marzo, McKinley tomó posesión de su segundo período presidencial.

Algunos miembros de la Convención Constituyente mantuvieron la tesis de que no estaban facultados para acordar la Enmienda solicitada por Estados Unidos, ya que ello implicaba limitar la independencia y soberanía de la República de Cuba. Entonces el gobernador militar Leonard Wood se apresuró a dictar una nueva Orden Militar, el 12 de marzo de 1901, en la cual se declaraba que la Convención estaba facultada para acordar las medidas de cuya constitucionalidad se dudaba.

Otros miembros de la Convención, como Manuel Sanguily, opinaron que la Asamblea debía disolverse antes de acordar medidas que de tal manera ofendían la dignidad y soberanía del pueblo de Cuba. Pero en la sesión del 7 de marzo de 1901 de nuevo se nombró una comisión para redactar una respuesta al gobernador Wood, correspondiendo la ponencia a Juan Gualberto Gómez, quien recomendó rechazar, entre otras, la cláusula relativa al arriendo de estaciones navales o carboneras.

Juan Gualberto Gómez mantuvo la más severa crítica a la Enmienda Platt. El 1° de abril sometió a discusión una ponencia donde impugnaba el documento por contravenir los principios del Tratado de París y la Resolución Conjunta. Pero la Convención suspendió el debate sobre la ponencia de Juan Gualberto Gómez y decidió enviar otra comisión para “conocer las miras y propósitos del gobierno de Estados Unidos acerca de cuantos particulares se refieran al establecimiento de un orden definitivo de relaciones, en lo político y en lo económico, entre Cuba y Estados Unidos, y gestionar con el propio gobierno, las bases de un acuerdo sobre esos extremos que proponer a la Convención para su resolución final.”

Posteriormente, se eligió la comisión que viajaría a Washington integrada por Domingo Méndez Capote, Diego Tamayo, Pedro González Llorente, Rafael Portuondo Tamayo y Pedro Betancourt, quienes arribaron a Estados Unidos el 24 de abril de 1901. Al día siguiente fueron recibidos por Root y Wood, quien había viajado previamente a su país con ese propósito.

El gobierno norteamericano se apresuró a declarar públicamente que la comisión visitaría Washington por su iniciativa, sin invitación alguna y sin carácter oficial.

El Secretario de la Guerra, Root, recibió a la comisión el 25 y 26 de abril de 1901 y les hizo saber de manera terminante que “el derecho de Estados Unidos a imponer las discutidas cláusulas había sido proclamado durante tres cuartos de siglo a la faz del mundo americano y europeo y que no estaban dispuestos a renunciarlo hasta el extremo de poner en peligro su propia seguridad.”

Los funcionarios estadounidenses reiteraron que ninguna de las cláusulas de la Enmienda Platt mermaba la soberanía e independencia de Cuba sino, por el contrario, la preservaría, y se aclaraba que únicamente se intervendría en caso de graves perturbaciones, con el solo objetivo de mantener el orden y la paz interna.

La comisión dio a conocer su informe en sesión secreta el 7 de mayo de 1901. Dentro de la comisión se manifestaron serias discrepancias con respecto a la Enmienda Platt.

El 28 de mayo se sometió a discusión una ponencia redactada por Villuendas, Tamayo y Quesada, en la que se aceptaba la Enmienda con algunas aclaraciones y recomendando la concertación de un tratado de reciprocidad comercial.

Esta ponencia fue aprobada por 15 votos contra 14; pero el gobierno de Estados Unidos no admitió tal solución, comunicando por medio del gobernador Wood que sólo aceptaría la Enmienda sin cualificación, y advirtió a la Convención en forma de ultimátum que, siendo la Enmienda Platt “un estatuto acordado por el Poder Legislativo de Estados Unidos, el Presidente está obligado a ejecutarlo tal como es. No puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle o quitarle. La acción ejecutiva que pide el estatuto es la retirada de Cuba del Ejército norteamericano, y el estatuto autoriza esta acción cuando —y solamente cuando— se haya establecido un gobierno bajo una Constitución que contenga, ya en su cuerpo o en su apéndice, ciertas disposiciones terminantes, especificadas en el estatuto [... ] Si entonces él encuentra esas disposiciones en la Constitución, estará autorizado para retirar el Ejército; si no las encuentra allí, entonces, no está autorizado para retirar el Ejército… “

El Secretario de la Guerra de Estados Unidos envió una carta a la Constituyente cubana donde expresaba que la Enmienda Platt debía ser aprobada en su totalidad sin ninguna aclaración, pues así aparecía adicionada a la Ley de presupuesto norteamericana, y señalaba que, en caso contrario, las fuerzas militares de su país no serían retiradas de Cuba.

El 12 de junio de 1901, en otra sesión secreta de la Asamblea Constituyente, fue sometida a votación la incorporación de la Enmienda Platt como apéndice a la Constitución de la República, aprobada el 21 de febrero: 16 delegados votaron que sí y 11 votaron en contra. Se ausentaron de la sesión Bravo Correoso, Robau, Gener y Rius Rivera, absteniéndose de votar a favor de aquel engendro.

Lo peor de la Enmienda fue la hipocresía, el engaño, el maquiavelismo y el cinismo con que elaboraron el plan para apoderarse de Cuba, al extremo de proclamar públicamente los mismos argumentos de John Quincy Adams en 1823, sobre la manzana que caería por gravedad. Esta manzana finalmente cayó, pero estaba podrida, como previeron muchos pensadores cubanos durante casi medio siglo, desde José Martí en la década de 1880 hasta Julio Antonio Mella, asesinado en enero de 1929.

Nadie podría describir mejor lo que significaba para Cuba la Enmienda Platt que el propio Leonard Wood, en dos fragmentos de la carta confidencial, fechada el 28 de Octubre de 1901, a su compañero de aventura Theodore Roosevelt:

“Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión. Esto, sin embargo, requerirá algún tiempo y durante el período en que Cuba mantenga su propio gobierno, es muy de desear que tenga uno que conduzca a su progreso y a su mejoramiento. No puede hacer ciertos tratados sin nuestro consentimiento, ni pedir prestado más allá de ciertos límites y debe mantener las condiciones sanitarias que se le han preceptuado, por todo lo cual es bien evidente que está en lo absoluto en nuestras manos y creo que no hay un gobierno europeo que la considere por un momento otra cosa sino lo que es, una verdadera dependencia de Estados Unidos, y como tal es acreedora de nuestra consideración.” … “Con el control que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve prácticamente controlaremos el comercio de azúcar en el mundo. La isla se americanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo…”

(Continuará)

Lo que dijo Fidel respondiendo a una pregunta de una joven estudiante norteamericana que participó en el Seminario Juvenil y Estudiantil Internacional

Lo que dijo Fidel respondiendo a una pregunta de una joven estudiante norteamericana que participó en el Seminario Juvenil y Estudiantil Internacional sobre Neoliberalismo, el 18 de agosto de 1999.

Después de una breve y amistosa introducción, la joven expuso:

Usted se refirió muchas veces esta noche al imperialismo norteamericano, y como no ha habido una dirección comunista constante en Estados Unidos durante los últimos 35 ó 40 años, en estos momentos el movimiento revolucionario en Estados Unidos no tiene ninguna dirección, está muy confundido y tiene demasiadas tendencias.

Quería, entonces, conocer qué usted piensa o cuáles son sus reflexiones con relación al movimiento en Estados Unidos, no solo desde el punto de vista interno, con nuestras luchas, sino también cuál puede ser la mejor forma en que podemos proyectarnos internacionalmente. Eso es todo (Aplausos).

Fidel Castro.- Eso es todo, pero es una colosal pregunta.

Yo creo que el pueblo norteamericano está viviendo en el mismo mundo que nosotros, y todos estamos navegando como en un inmenso Titanic, con los riesgos de chocar con un iceberg, o incluso con Groenlandia. Pienso que este mundo se salva o se hunde.

Cuando toda una humanidad está marchando en un mismo barco, pienso que el resto del mundo puede ir en ayuda de ustedes, no mediante guerras, no mediante terrorismo, ni siquiera mediante exhortaciones a la violencia. Un congreso como este que siembra ideas o trasmite ideas, desarrolla ideas, ayuda a formar en este gran mundo, en la inmensa mayoría del mundo pobre, la conciencia de las situaciones que estamos viviendo, los peligros que nos amenazan, la necesidad de superar esos peligros y la posibilidad de que después de esta globalización neoliberal venga una globalización solidaria, una globalización de la justicia.

El propio Papa Juan Pablo II tiene una frase que yo recordé cuando nos hizo la visita: “la globalización de la solidaridad”. Pienso que realmente lo que este mundo necesita es la globalización de la solidaridad, ¿y qué quiere decir eso? Quiere decir, tal como yo lo interpreto, un mundo diferente, un mundo más justo, un mundo en que el hombre sea hermano del hombre, en que todos los adelantos de la ciencia y de la técnica estén no al servicio de la muerte, sino al servicio de la salud, de la vida, del hombre, de la tecnología, para producir lo que se necesita y que es posible producir.

Hay que tener presente que hoy ya somos 6 000 millones de habitantes en este planeta y que en 50 años más seremos no menos de 9 000 millones. Alguien que conozca datos, cifras, todo, la realidad de la situación actual en muchos terrenos, en materia de alimentación, de vivienda, de salud, de medio ambiente, las condiciones de vida material de casi 5 000 millones de personas pobres, sabe o comprende perfectamente bien que si no se logra esa conciencia de que hablamos, entonces en este mundo van a sobrevenir catástrofes de todo tipo: naturales, económicas, sociales, políticas, y habrá un desconcierto y una confusión general.

Yo tengo la seguridad —como expresé aquí— de que el sistema que se ha impuesto al mundo es insostenible. No he querido hablar más extensamente de eso; pero cuando uno ve, y nosotros estamos informados de las noticias que llegan de lo que ocurre en el mundo, lo mismo en Kampuchea si capturaron a uno de aquellos genocidas de la gente de Pol-Pot, que lo que ocurre en Malasia, o ha ocurrido en una ciudad china, o en una ciudad japonesa, o en cualquier rincón de América Latina, de Africa, del resto del mundo: noticias de todas clases que llegan y presentan un cuadro, realmente, tremendo, no puede ignorar la realidad. El de la propia economía no anda nada bien: ilusiones y más ilusiones.

Hace unos meses, en octubre, el 5 y 6 de octubre del pasado año, se reunieron Camdessus, que dirige el FMI; Wolfensohn, director del Banco Mundial; Greenspan, de la Reserva Federal; Rubin, secretario del Tesoro, y el Presidente de Estados Unidos, William Clinton, y se dieron cuenta de que, en vez de la inflación que temían, se iba a producir una recesión gravísima y decidieron inyectar 90 000 millones de dólares en la economía mundial, solo para ganar un poco de tiempo. Vean si no está nada resuelto que la América Latina, en su conjunto, es posible que tenga una recesión. No solo un crecimiento bajísimo, sino una recesión, un crecimiento negativo, por debajo de cero, todo el hemisferio. Y los problemas que hay en sus países, los latinoamericanos los conocen.

La situación es difícil, difícil, muy difícil, y en Estados Unidos se está viviendo un sueño, una ilusión. Crece y crece el gigantesco globo del valor de las acciones, hasta que ocurra algo, que puede ocurrir, mucho peor que la crisis de 1929. Ellos creen que ya han inventado la forma de que no haya crisis; es absurdo, eso no tiene ninguna base.

Sí, en 1929 solo el 5% de los norteamericanos tenía su dinero en acciones; hoy el 50% de los norteamericanos tiene su dinero en ellas. La sociedad no puede controlar el sistema, el sistema se le impone por sí mismo con todos los fenómenos de especulación que la inundan, un mundo convertido en un casino con nuevos y nuevos problemas cada vez más incontrolables. Es como jugar a la ruleta; pero a una ruleta rusa, que es aquella en que se pone una sola bala en el cilindro de un revólver, le dan vueltas al azar y aprietan el gatillo apuntándose a sí mismo, hasta que la sexta, la séptima vez, o antes se matan con toda seguridad.

El sistema tiene sus leyes y no lo controla nadie, mucho menos en un mundo globalizado donde cualquier cosa que ocurra, por ejemplo, en el sudeste asiático, inmediatamente tiene efectos en todo el mundo. Cualquier cosa que ocurra en Moscú, como ocurrió el 18 de agosto del pasado año, en que la simple suspensión de pago de un número determinado de bonos dio lugar a una crisis tremenda que hizo bajar en un día varios cientos de puntos los mejores índices de la bolsa de Nueva York. Eso, por lo que ocurrió en un país que solo participa en el 2% del producto bruto del mundo; amenazaba ya a Brasil y a toda América Latina con una catástrofe. Fue cuando se reunieron allá en Washington, donde citaron a todos los gobernadores de todos los bancos centrales.

Yo he hablado con gente que estuvo allí y he leído todos los discursos que pronunciaron: Greenspan, Clinton, Camdessus, Wolfensohn, y tengo también todos los datos de lo que habían dicho 15 días antes. Quince días antes estaban hablando de subir la tasa de interés y después de ese día empezaron a hablar de bajarla, porque el peligro inminente no era la inflación, sino la recesión.

Ellos no pueden controlar esa economía, y la concepción neoliberal niega, rechaza, repugna toda participación del Estado y resulta que en este caso fue el campeón del neoliberalismo, Estados Unidos, el que tuvo que intervenir, violando normas, reglas y leyes, porque según su filosofía había que dejar que se arruinara ese fondo de resguardo que mencioné antes, y deciden bajar las tasas. Fue increíble, de la dirección que llevaban cambiaron 180º en unos días.

Ahora mismo están discutiendo si hay peligro o no de que suban las tasas de interés. Cuando aparece un índice que amenaza subir la tasa de interés, inmediatamente comienzan a bajar las bolsas, y siempre las declaraciones tranquilizadoras. En ese dilema están. Vamos a esperar los próximos meses qué decisión toman.

La compañera debe saber que en Estados Unidos, el país que menos ahorra en el mundo, la tasa de ahorro con relación a los ingresos personales ahora está por debajo de cero; en cambio están comprando el mundo. No ahorran nada y compran el mundo. Se mantiene una economía artificial sobre la base de estimular el consumo, exhortar a consumir, exigir el consumo. La consecuencia de eso es que mantienen artificialmente alta la tasa de empleo, precisamente porque todo el mundo está comprando todo lo que aparece por ahí, y a los japoneses, que son ahorrativos por naturaleza, les aconsejan, casi les imponen, que compren mucho, para levantar la economía. Una economía que tenga que sostenerse sobre la base de comprar mucho y gastar cada vez más materia prima, más energía, contaminar más el ambiente y derrochar recursos, es una economía insostenible.

Yo he conversado con algunos norteamericanos sobre estos problemas. ¡Ah!, para ellos su sistema es sagrado; tienen una fe mística, se puede decir, en ese sistema. Participan decenas de millones de personas en los privilegios del sistema, porque son propietarios de acciones o porque han hecho operaciones especulativas, hablan de determinados índices y ganancias. He visto en muchos norteamericanos esa fe ciega en algo que no tiene base sustentable ante las realidades del mundo de hoy.

Nosotros, a principios de este año, tuvimos aquí una reunión, donde participaron 700 economistas extranjeros, una semana entera, cinco días, mañana, tarde, noche y, en ocasiones, madrugada, analizando y debatiendo. Esas sí eran sesiones de trabajo, que empezaban temprano y a veces terminaban a las 2:00 de la mañana. ¡Cinco días discutiendo! Sesenta ponencias fueron discutidas. Entonces hay que escuchar los criterios, lo que piensa la gente del neoliberalismo, de este sistema, de esta globalización neoliberal; cuestiones discutidas con profundidad, en las cuales se basa la convicción de que hablaba de que la actual situación es insostenible.

De producirse un fenómeno similar al de 1929, entonces los norteamericanos, todos, sin discusión, tomarán conciencia de la locura hacia donde los han conducido y los siguen conduciendo. Yo lo que no veo son posibilidades de que los que los dirigen tengan suficiente juicio para rectificar, y si algunos lo comprenden, no tienen el suficiente poder para ello, se los lleva el viento, los arrastran las olas de los acontecimientos. Un presidente y un grupo de políticos que quisieran adoptar algunos cambios para evitar una catastrófica crisis no podrían hacerlo; la crisis es congénita del sistema y no se ha inventado remedio, medicina ni vacuna contra ella, ni se puede inventar, al contrario, se agrava al procrearse ideas que pretenden como doctrina universal apartar cada vez más de cualquier función económica al Estado, que solo actúa cuando ya no queda más remedio en algunas situaciones, y se proclama el principio de que cada cual haga con la riqueza de la nación y del mundo lo que le dé la gana. Con esa filosofía no tendrán ninguna posibilidad de rectificar.

Ahí se ve, ahora mismo están discutiendo, tienen un superávit de 80 000 millones; ya calculan que en los próximos 10 años —lo cual es demasiado optimista, es vivir en un mundo idílico— acumularán 3 millones de millones de dólares. Entonces, dos teorías: Si se reducen los impuestos para que cada cual gaste más todavía, o se aseguran los fondos de pensiones que en un plazo matemáticamente calculado se agotarán.

Estoy hablando del superávit presupuestario, no del comercial. Este año el déficit comercial de Estados Unidos oscila entre 200 000 y 300 000 millones de dólares: mercancías y servicios que importan frente a mercancías y servicios que exportan, único país que puede hacer eso con el mundo, porque lo paga con papeles, con bonos de la Tesorería es con lo que se paga todo eso.

Les están diciendo a los consumidores “consuman más, consuman más”, y cuando se conoce que han comprado más carros porque cambiaron el otro que tenía 10 meses o un año, los aplauden y los estimulan. Es una locura, un absurdo. ¿Quién paga eso? El resto del mundo. ¿De dónde salen las materias primas? Del resto del mundo. ¿De dónde sale el combustible y todo lo demás? Del resto del mundo. ¿Qué recibe el resto del mundo? Papeles, que van a parar a la reserva, o para pagar deudas —ustedes las mencionaron aquí entre los temas. He perdido la cuenta, la deuda externa de América Latina alcanza no menos de 700 000 millones y aparece el creciente gravamen en los presupuestos del Estado todos los años. Hay países que dedican hasta el 40% de su presupuesto a pagar esa deuda. Mundialmente en los llamados países emergentes debe ascender —hace algún tiempo que no me actualizo sobre eso— a 2 millones de millones de dólares.

Estados Unidos mantiene, pues, una economía artificial, basada en la fe mística de un sistema congénitamente condenado a morir, marchando al borde de un precipicio, y no tiene manera de evitar caer en ese precipicio.

He dicho todo esto porque hay que contar con esto cuando se va a pensar en lo que va a ocurrir en el futuro. Es una gran cosa que haya norteamericanos conscientes, norteamericanos que participen en esta actividad.

Mira, por ejemplo, a los norteamericanos se les prohíbe viajar a Cuba; creo que es el único país del mundo a donde no pueden viajar, hace casi 40 años lo tienen prohibido. Nos hemos convertido en la manzana prohibida del ciudadano norteamericano y en factor de violación constante de los derechos constitucionales del ciudadano norteamericano. No puede viajar a Cuba, ni informarse de las cosas de Cuba, y hay muchos norteamericanos que piensan y que saben.

Claro, cuando se vive una vida cómoda, sin problemas, y todos los días le dicen que la economía es sólida y que jamás habrá problemas; que el índice de desempleo está reducido al mínimo, que han descubierto la piedra filosofal, a estas horas, cuando el capitalismo tiene ya más de 200 años de existencia y jamás nadie le encontró remedio, y mucho menos se lo van a encontrar en un mundo donde hay 5 000 millones de pobres que no tienen capacidad adquisitiva, si se analizan todos esos factores se ve que, realmente, hay que preparar las conciencias del propio pueblo norteamericano.

Nosotros algunos de estos mensajes los enviamos; algunos de estos materiales los repartimos a veces por decenas de miles a periodistas, académicos, personalidades y políticos de Estados Unidos. Hay que hacer un esfuerzo.

Pero, claro, uno sabe el valor de la palabra y el valor de los hechos. Desgraciadamente estas cosas no se comprenden, no hay manera de persuadir. Lo mismo que decíamos cuando Viet Nam, que no iban a poder vencer a los vietnamitas; tuvieron que morir 4 millones de vietnamitas y 50 000 norteamericanos, ser lanzados sobre un pueblo pobre y no industrializado no se sabe cuántos millones de toneladas de bombas, antes de que los hechos demostraran que era un error. Han pasado 40 años de bloqueo a Cuba antes de que los hechos demuestren que es un error, aunque el hecho más elocuente esté irrebatiblemente presente, que es la existencia de la Revolución Cubana después de 40 años de bloqueo y en un proceso de fortalecimiento. ¡Ah!, bueno, algunos empiezan ya a comprenderlo. Ha pasado tiempo, pero, realmente, yo no veo posibilidades de que puedan rectificar fácilmente, y si algunos están conscientes —no importa cuán elevada sea su autoridad o jerarquía—, los demás no se lo permiten. No hay más que oír las polémicas de los candidatos que se están disputando el puesto en la nómina republicana, para ver cuántos criterios diferentes se debaten.

Hay quienes han hablado de enviar tropas a la frontera de México, que si existe la fuerza hay que ubicarla allí, para expresar categóricamente que México tiene que acabar con el narcotráfico, y culpan a México de todo lo que pueda cruzar por el territorio mexicano. Así, indefectiblemente, se habla de tropas; no se habla de atletas, se habla de tropas, en todo caso de tropas atléticas, bien alimentadas y armadas. Así que existen pensamientos de todas clases, contradictorios, que no admiten la esperanza de que haya en la actualidad fuerzas que puedan rectificar eso; no la hay ni puede haberla. Es por eso que al desatarse una tremenda e inevitable crisis, y solo cuando esa crisis se desate, vendrá, es la realidad, el despertar de decenas de millones de norteamericanos, al presenciar cómo el enorme globo se desinfla, un globo que mientras más se infla más graves serán las consecuencias el día que estalle.

Si yo fuera ciudadano norteamericano, viviendo allí, estaría preocupado por ver cómo divulgo estas realidades, cómo trato de formar un poco de conciencia; no es fácil, comprendo que no es fácil. No se trata de que nosotros estemos deseando que se produzca una gran crisis como la de 1929 en Estados Unidos, porque cuando allí estén sufriendo las consecuencias, en el mundo subdesarrollado muchos más millones de pobres morirán de enfermedad y hambre. Lo que podría desearse es que, por primera vez en la historia, la conciencia y la racionalidad humanas se impusieran sobre las leyes ciegas que han regido su destino hasta hoy. Pero uno medita que, en circunstancias como las que generaron y sostienen el orden mundial imperante, las crisis son inevitables y no tienen forma de impedirlo ni siquiera aquellos que comprendan esos riesgos, envueltos en la atmósfera de una fe mística generalizada en el sistema, y, si eso es así, lo mejor es ponerse a meditar y pensar qué hacer cuando eso ocurra. Es lo que yo puedo responder a esa pregunta.

Si no nos remitimos a las realidades de esa economía, al parecer invulnerable, más sólida que una pirámide egipcia, no podríamos ni siquiera tener una idea de las realidades o de lo que puede ocurrir en Estados Unidos, entonces esa será la hora del pueblo norteamericano.

No sé si fue Otto el que dijo en su discurso que cada semana los niños norteamericanos presenciaban, durante 28 horas en la televisión, tantos hechos violentos que equivalían en un año a 10 000 actos de ese carácter, incluidos no solo asesinatos, sino violaciones y otros hechos similares. Imagínense la juventud, los niños de un país recibiendo tal dosis de violencia cada semana. Quienes han estudiado el fenómeno —el Director de El Mundo Diplomático lo ha estudiado y tiene los índices estadísticos—, saben que el 60% de lo que se percibe en los seriales y material fílmico norteamericanos está relacionado con la violencia. ¿Qué tiene de extraño que venga un niño —unido a leyes que permiten que cada cual compre las armas que quiera— con una metralleta o una pistola y protagonice los casos asombrosos, alarmantes de violencia que estamos viendo entre los niños de Estados Unidos? Pudiera extenderse a otros países. ¿Quién tiene la culpa? El sistema con su inmenso poder de desarrollo y monopolio de los medios de divulgación masiva. Lo más que pueden hacer un día sus dirigentes principales es reunir a los jefes de empresas de la industria recreativa y pedirles que, por favor, reduzcan el porcentaje de violencia en sus filmes, y estas continuarán haciendo lo que más convenga a sus intereses, porque otras que compiten con ellas aspiran a ganarse los mercados. Es la ley ciega del mercado lo que determina. Cuando leemos noticias de ese tipo todos los días, parece que se trata de una epidemia más.

Entonces, por dondequiera salen los frutos del sistema. Yo pienso que los jóvenes norteamericanos tienen que meditar sobre estas cosas, estudiar y profundizar, y, aunque sean diez, decir verdades dondequiera que puedan decirlas, escribirlas y trasmitirlas. Ayudarán con ello a enfrentar el momento trágico en que llegue la hora de una gran crisis que vendrá inexorablemente.

Excúsenme de que haya tenido que usar estos argumentos, porque la pregunta, de otra forma, no podría responderla (Aplausos).

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