Barquisimeto, Barinas y Ospino


Martes, 30 de dicembre de 2008
Barquisimeto, Barinas y Ospino
Por: Arnulfo Poyer Márquez

Como se dijo en la solapa anterior (Araure), después del choque del 5 de diciembre en la sabana llanera, se dispuso la persecución hacia el norte a cargo de Manuel Villapol y al sur la toma de Barinas por parte de Ramón García de Sena.


La emigración retornará desde el 10 de diciembre -aunque no toda hacia su hogar, mucha de ella eligió ocurrir hasta Ospino-, emporio de conciencia republicana, por no tener confianza en la suerte de los días por venir. Con Araure, apenas empezaban los días amargos para la provincia del Alto Llano occidental. En realidad Venezuela apenas está entrando en el meollo del Año Terrible, el peor que le haya ocurrido a este lado del mundo americano.

Barquisimeto

Manuel Villapol, viejo zorro madrileño, considerado por el propio Santiago Mariño, su maestro en el combate, había conducido un ecléctico batallón en Araure, desde donde le encargarán perseguir a los fugitivos que se escurrieron hacia Barquisimeto. No quedará contento con la obra encomendada, sino que aprovechará el pasmo de la victoria para hacerse de la más espectacular persecución realizada en todo el arco de 13 años de la contienda independentista. El “impasible”, como era denominado por sus propios subalternos, eligió a los barloventeños, guaireños, aragüeños, valencianos y agricultores, que montó para poder avanzar sin cansarlos y emboscar tranquilamente a los enemigos que encontrara. El veterano sabía que no iba hallar obstáculos que lo detuvieran. Ese 7 de diciembre partió hacia Barquisimeto, ladeó escondido a las reliquias enemigas que mandaba Vicente Becerra, canario sanguinario segundo de Yáñez, y las sorprendió el 8 de diciembre, dándoles un ataque implacable, produciéndoles gran mortandad y atomizando a los fugitivos.

Ese mismo día 8 de diciembre libertó a Barquisimeto, soltó al centenar de prisioneros de Cevallos que exterminaba día tras día, cautivos como se dijo, desde la batalla de Barquisimeto (9 de noviembre de 1813). Completada la liberación, envió espías que se desplegaran por los caminos. Esa misma noche se enteró de que las fuerzas de Salomón, el mismo que fuera vencido en Bárbula y Vigirima por los cazadores caídos en Araure, iba desde Puerto Cabello hacia allá en auxilio de los suyos. Villapol montó a sus infantes y esperó a Salomón en Urachiche, que ni sospechaba encontrar trabas y menos republicanos victoriosos tan adelantados del campo de batalla. Salomón fue obligado a retroceder del severo castigo mientras los valientes independientes no cesaban su ataque incesante de abejorros. Internaron al coronel godo con sus Fusileros de Granada en la Selva de Aroa, donde perecerán 400 del millar inicial, por alimañas, paludismo y disentería. No podrán salir de los horrendos laberintos hasta ser auxiliados por los compañeros de Coro el 2 de enero siguiente.

En Urachiche, Villapol confió a su segundo, el trujillano Andrés Linares 300 hombres, enterado que guerrillas enemigas husmeaban sus pasos. Prosiguió hacia Quíbor, ricas tierras de sembrados y pastoreo; la encontró abandonada por sus defensores y sin parar prosiguió hacia Yaritagua. Dicen que los hombres de Villapol iban coreando la Carmañola Americana, especie de himno semejante al de los jacobinos franceses (les Sans Culottes), que coreaban los pardos republicanos:

“¡Que bailen los sin camisa / y viva el son del cañón! / Yo que soy un sin camisa, / un baile tengo que dar / y en lugar de guitarras, / cañones sonarán!”

A Yaritagua la encontró blindada, pero sabía que su armadura era más postín que voluntad para el combate. Le aplicó un férreo ataque de pinzas que en lo que pudo el cobarde segundón, salió despavorido hacia El Tocuyo al que rozó en su fuga estrepitosa sin ponerle atención a sus camaradas. El patriota madrileño encontró en la villa que será en el futuro, capital musical de Venezuela, enseres, fusiles, uniformes, morrales, calzados, alimentos, víveres como para apertrechar a un contingente de 2000 hombres que dejó el desplumado Inchauspe. Mientras, Linares se hacía de otra victoria sobre los caudillos Reyes Vargas y el cura Torrellas de nuevo en Urachiche el 23 de diciembre, a quienes emboscaron los veteranos fusileros diezmándoles la mitad de su ejército de 600 guerrilleros monárquicos. Por poco agarran a los comandantes fugitivos. Con estas victorias quedó libre la provincia barquisimetana y camino despejado hacia la contumaz Coro, veta fuerte de soldados antirrepublicanos.

Barinas

Los líderes enemigos no descansaron un solo momento. Quince días de sendos viajes de rodeo al territorio, uno desde Angostura hasta Coro, el otro desde Coro hasta Angostura, les bastó para ponerse nuevamente al frente de sus ejércitos derrotados. Uno reabastecido en Angostura, el otro en Coro, y sin desmayo comenzaron las acciones en sus comarcas subalternas. Fueron los únicos días de paz que disfrutaron los triunfadores de Araure.

Para Barinas habían destacado los 450 del Vencedor de Araure al mando de Palacios, 100 Dragones de Caracas bajo las órdenes de Francisco Conde, 300 infantes, más 150 jinetes de Barinas y cuatro piezas volantes. Antes de llegar a La Bella del Llano fueron recibidos por media centena de ex prisioneros, gritando vivas al Libertador y a la República. Estos liberados habían escuchado en la noche de la víspera ruidos sin saber lo que ocurría temiendo que su suerte ya había culminado. Cuando percataron, no cabían de la felicidad, sus compañeros habían triunfado en Araure y venía en camino una fuerza de las triunfadoras. Con ayuda de vecinos fueron rotos sus grilletes. Entre los esforzados liberados se hallaba un capitán catire, mirada y pasos de cunaguaro que no cesaba de moverse, que estaba en capilla y de seguro sería ejecutado ese día 7, su nombre, José Antonio Páez. Fueron los anfitriones de García de Sena. La ciudad estaba enmudecida, violada por la barbarie. El pueblo amedrentado bajaba de a poquito de los montes, por creer que sería víctima de las mismas salvajadas de los seguidores del Ñañá.

El nuevo gobernador dispuso partidas volantes que recorrieran los alrededores para reclutar más defensores y transformar en ciudadela a la todavía, bella ciudad. Mucho le costó la misión para alcanzar a 200, pues los que no se fueron con la migración habían preferido la fuga, rehuyendo la recluta de uno u otro bando.

Ya al finalizar diciembre, resonaba nuevamente el escalofriante mote del Ñañá entre los pobladores. El canario se había fortalecido con los seguidores de Pui y los de Ramos, más otro tanto del Bajo Apure y ya venía con más ahínco por su odiada Barinas. Los cuerpos volantes independientes se habían hecho de un túnel de escape hacia Barinitas por si las cosas no andaban como esperaban. A principios de enero, los alrededores de Barinas se engrifaban de una nueva invasión más rabiosa que venía por el desquite de Araure. García de Sena no podía darse lujo de arriesgar perder a sus valiosas fuerzas para aprovecharlas en un encuentro fulminante, pero Yáñez no tenía esas intenciones, conociendo la experiencia de los republicanos, sino que prefería ir carcomiendo los surtidores de la agotada Bella del Llano.

El 8 de enero tuvieron un encuentro cerca de Puerto Nutrias, donde se lucieron los dragones de Conde y un piquete barinés de Olmedilla. Pese al triunfo, deben regresar sin descansar un momento para no tener pérdidas que dejarle al enemigo. Mientras no creciera el número de combatientes, la orden era ahorrar lo más posible las vidas guerreras. El día 10 de diciembre llegaron las huestes enemigas con ganas de caerle a la Poderosa del Llano, la que hasta hacía muy poco quería estar sola. Puig era el adelantado de vanguardia, cuyos seguidores hacen lo posible por no dejar piedra sobre piedra y quemar los arrabales. Los de Ramos y otras puntas van por los costados y las fuerzas de Yáñez están por todos lados sobre todo en las entradas. El sitio es implacable. Desde las dos iglesias se otean los ataques por lo que reciben castigo de tiros incesantes. Cada día mengua la resistencia. Los mensajeros son descubiertos y muertos. Dos más envían el día 13, sin caballos, debían arrebatárselos al enemigo, son los que triunfan, matan a sus oponentes emboscados y vuelan a Barquisimeto; tienen en la conciencia que Barinas soporta hasta el 20, si no desmaya el valor. No dan mella al galope.

En Barquisimeto les dicen que Urdaneta ya ha partido rumbo a Coro; tenía prácticamente puerta franca abierta por Villapol un mes atrás. A Coro la defendía el malogrado Fusileros de Granada –convaleciente del infierno pasado- y la frontera de la provincia, el cura Torellas con cimarrones de la zona. El 16 de enero los descubre Urdaneta y los zurró hasta dispersarlos por los espinales, los 600 que lo enfrentaron en la sabana de Baragua, era lo último que podía reunir la provincia realista para su resistencia. La mitad quedó en el campo. La victoria la determinó un ala del temible Barlovento, con otras fuerzas reunidas que llamaban Barquisimetanos. La disciplina veloz con que este sagaz hombre de armas enfatizaba en sus soldados, siempre fue cabal en momentos decisivos de la lucha emancipadora.

Sin embargo, para suerte de los realistas coreanos, esa misma noche de triunfo, a las 10 recuerda Urdaneta, llegaron los emisarios barineses sobre sus molidas monturas, cuyos relatos enervaron al noble oficial, que de una reunió a su cuerpo de mando. Eligieron devolverse puesto que de nada servían los laureles que les esperaba si nuevamente el enemigo ganaba las plazas recién liberadas. Era enorme la travesía si se cuenta que la fuerza de Urdaneta es toda de infantería. Sólo dejaron a los cansados y heridos. Le dieron a paso forzado durmiendo 3 horas solamente por las noches y en Barquisimeto se renovaron con otros del Valencia, y continuaron sin parar.

En Barinas se pelea por el agua. Los sitiados por fin sospechan sobre los últimos emisarios del 13 que deben haber caído también, pues ya se sabría de Urdaneta a quien hacían en Barquisimeto. El 17 frente a los parapetos han degollado a varios ciudadanos atrapados. La sed y el hambre obligan a una decisión: los dragones, la caballería barinesa y 200 del vencedor salen de Barinas el 18 de diciembre mientras divertían al otro lado a los sitiadores. El plan era evacuar en dos trozos a la población, pero no habrían avanzado dos leguas cuando fueron alcanzados por una abrumadora cantidad de lanceros de Yáñez. Entre los caraqueños y barineses le dieron dura batalla de caballerías, mientras el Vencedor protegía a la emigración. Sumamente extenuados quedaron a más de la pérdida de 50 preciados lanceros. García de Sena asume su responsabilidad y ordena que continúen a Mérida, en ese estado no podrían enfrentar a la caballería enemiga si regresaban a Barinas y la emigración quedaría desprotegida de los seguros, futuros ataques.

Deben continuar al no conseguir ningún apoyo de Barinitas, adonde arribaron al amanecer encontrándola muerta, tuvieron que proseguir a Santo Domingo. En la vía no podrán continuar algunos, que serán los primeros en la estela de cadáveres que caerá como gotero infausto hasta mermar la mitad de los que salieron, 2800 pobladores, a su llegada a Mérida. García se separa de la emigración para volar por vías furtivas hacia Valencia y ofrecer sus informes de la tragedia. La emigración continuará acompañada de los valiosos lanceros, que serán semilla de la futura y más formidable hueste de caballería que recuerde la Historia. El 21 vía Santo Domingo, cesan las persecuciones, Barinas había caído el día anterior, era lo que importaba.

Por supuesto, los 300 de caballería realista que han sido muertos por la de los republicanos en estos dos días no habían sino multiplicado el reconcomio contra los sitiados, los heridos, 100 “suicidas” del Vencedor, los más mayores y muchos ancianos, algunos del rancio mantuanaje, todos armados. No pudieron ocupar el completo de los frentes, y menos sostener pulso contra guerreros más jóvenes y diestros. Fueron pasados a cuchillo no menos de 2000 ciudadanos y sus defensores, la ciudad saqueada, toda la del mantuano quemada; un hervor de ira que no se aplacaba con volver cenizas a sus antiguos dueños exterminó a La Bella del Llano, exhortando a la humanidad en su desmán, que la justicia es la reina de toda belleza, la humanidad, toda bella.

Mientras, las fuerzas de Urdaneta encontraban cada vez más obstáculos que deben sortear con el mayor sigilo. De Sabaneta vía Barinas, se tropiezan con dos sortarios soldados que escaparon de la degollina y llevaban dos días escondidos, fueron los que relataron a su manera la pérdida de la ciudad. El marabino resuelve contramarchar y concentrar la energía a Ospino, adonde manda la fuerza que lo acompaña. Prosigue solo con edecanes a la ciudad crepuscular para preparar otro segmento del Valencia que irá reforzar a los defensores del bastión llanero. El 24 Yáñez recoge a los suyos, promete ascensos una vez salgan de los renegados de Ospino.

Ospino

La brava y orgullosa villa-ciudad es toda ella un emporio republicano; la defienden ahora 400 del Barlovento, su caballería, el Escuadrón Volante de Araure, y prácticamente toda la población, con 2000 migrados barineses, con la diferencia que muchos de éstos son los niños. El muy valiente republicano madrileño Juan José Rodríguez comanda la defensa del sitio. El 27 por la noche llegaron los primeros delatando sus antorchas la inmensa cantidad que los enfrentarían al día siguiente. Y sin tregua fue el sitio desde el 28 de enero de 1814. Nadie se da excusas para el descanso, son más de 4000 hombres que sin pausa atacan de 6 a 6; cometen torturas y atrocidades frente a los parapetos a los ciudadanos que atrapan. Los sitiados responden con tiros de gracia dándoles muerte ellos primero, antes de que sean torturados. Las baterías no cesan de espantar las concentraciones, o los montajes de la enemiga.

Al sexto día del sitio, 2 de febrero de 1814, hay mucho nervio en la villa, tarda mucho el auxilio prometido de Urdaneta, los sitiadores por su lado, la certeza de que este será su día, tarda más la respuesta de fuego de los defensores, están cansados. Yáñez, en efecto tiene previsto hacer un ataque de asalto decisivo. No son las 8 de la mañana y se escucha el tambor batiente a su espalda, que no son sino el Valencia, con Barquisimetanos. Un renovado brío pronuncia el ¡Viva la República! En toda la muralla, despertando el milagro los ánimos caídos. Es el propio Urdaneta con el auxilio prometido, lo mejor que tenía, o si no, que se despida la República.

El entorpecedor socorro levanta la ira del canario, que debe reformular sus planes, no imagina cómo llegó esa fuerza sin percatarla en la noche, la que precisamente utilizó el marabino para acercarse más y en plena madrugada avanzó su caballería, formando dos líneas de 3 en fila cada una, y de espaldas una con otra línea, con un pasillo para los jinetes. La brava ciudad abre sus puertas con un ala del barlovento prevenido. Los llaneros de Yáñez acosan a los allegados con carabinas. Caen algunos, sale la caballería invasora, desordena la contraria, todo el bloque avanza a paso firme de costado. Sin embargo, desde los parapetos, los atinados vecinos observaron al Ñañá que personalmente dirige las acciones. Ya está que se lanza el mismo al ataque, cuando una andanada de disparos que lo apuntaban cae sobre el canario, dándole uno bien certero en su cabeza cubierta del ancho sombrero que lo distinguía, matándolo en el acto.

Un griterío emocionado recorre las atalayas. Ha caído El Ñañá y desde adentro sale el Barlovento por la puerta de occidente sin parar sus expertos fusiles. Continúa la confusión que aprovechan ahora los vecinos que salen por la oriental, mientras desde los parapetos pareciera que se multiplicaban los guerreros que no eran sino las mujeres, ayudando a las reservas para terminar con la resistencia de los atacantes. El desorden fue aprovechado por las caballerías y los hombres de Urdaneta que dispersaron en una hora lo que parecía una victoria absoluta del numeroso enemigo. Dicen que los vecinos, desbordados de la ira, descuartizaron el cadáver del líder enemigo y colgaron sus partes en grandes escarpias, colocándolas con letreros escalofriantes a las entradas de los caminos, la cabeza hacia Barinas. Los ospinenses saben que no acaba la faena, apenas es una victoria. El enemigo está prácticamente intacto. No duermen esa noche los republicanos, pero están mucho más confiados.

A la mañana siguiente, 3 de febrero salieron los defensores en busca del enemigo para neutralizarlo de una vez. Sebastián de La Calzada había asumido el mando y no pudo contra los independientes a los que esperó en la Sabana de Jujure, donde fue desmembrado por completo de sus batallones colegas.

Noche de júbilo para los defensores que no cesaban de caer en el milagro, desbaratar al más poderoso ejército antirrepublicano, parido en occidente. Con el tiempo, muchos llaneros comenzarán a desertar, unos a la deriva, otros bajo otra dirección, pero en pocos años los más, hacia el ejército patriota que ahora enemistan a muerte.

Era independencia justa lo que peleaban, lo primero fue alcanzado con el imperio inmediato, lo segundo, nunca logrado de donde se amarran más tarde las mismas dependencias con las mismas categorías en común y el mismo objetivo a pelear: concentración de los bienes versus repartición de los mismos; capacidad de acción, esto es, libertad, versus derechos para unos pocos; discriminación versus fraternidad.

La lucha continúa.

Bibliografía

Quien suscribe no tiene a la mano la bibliografía utilizada, por lo que solo puedo limitar a las obras que narran de cerca los acontecimientos, que tuvieron testigos cronistas oculares, como:

Austria, José de: Bosquejo de la Historia Militar de Venezuela. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Tomos 29 y 30.

Yanes, Francisco Javier: Relación documentada de los sucesos ocurridos en Venezuela, desde que se declaró independiente hasta el año de 1821. Academia Nacional de la Historia. Edtorial Élite. Caracas, 1949

O’Leary, Daniel Florencio: Memorias. Tomo XIII. Ministerio de la Defensa. 1983

José Félix Blanco y Francisco Azpurúa: Documentos para la historia de la vida pública del Libertador. Ediciones Presidencia de la República, Caracas, 1983, tomo 5.
Vicente Lecuna: Crónicas razonadas de las guerras de Bolívar. Tomo Primero, Colonial Press, NY. 1955.

 

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