Sobre la lucha anticapitalista y la “rebeldía” juvenil



Sobre la lucha anticapitalista y la “rebeldía” juvenil
Por: Ekintza Zuzena

El Capitalismo es depredador por excelencia, es inmoral por definición, no existen personas, sino consumidores-productores, no existe la naturaleza, sino los recursos naturales, las materias primas.
Para Kaos en la Red


El Capitalismo es depredador por excelencia, sólo entiende de beneficio, es inmoral por definición, no existen personas, sino consumidores-productores, no existe la naturaleza, los ecosistemas, sino los recursos naturales, las materias primas. Todo el progreso, los avances tecnológicos, los inventos, la ciencia… es utilizado para ello, para aumentar, por un lado, su capacidad de integración, dominación, vigilancia y control de las mentes y cuerpos de las personas y de los pueblos y, por otro, para aumentar su capacidad de control, rentabilización y destrucción de la naturaleza y sus ecosistemas.

Atendiendo a los anuncios publicitarios, grandes empresas responsables de graves agresiones a la Madre Tierra como REPSOL o GAS NATURAL, se nos presentan casi como entidades conservacionistas, bancos y cajas de ahorros mediante sus obras sociales (eufemismo que esconde ventajosas inversiones que lavan su imagen y desgravan impuestos) parecen desprendidas, dadivosas, altruistas y solidarias oenegés; el Macdolars nos hace creer que se abastece de pequeños agricultores y ofrece productos naturales; el Ejercito es tan humanitario y enrrollao que nos invita a enrolarnos ahora que somos incapaces de distinguirlo de la Cruz Roja; la Cocacola parece agua bendita y la Revolución es la nueva hipoteca del banco de Santander… «seguirán estando con la gente, con toda la gente, la buena gente».

Su hegemonía es rotunda sobre la información de todo acontecimiento que se nos presenta para que, o lo interpretemos a su gusto o no lo podamos interpretar. Los telediarios nos espetan acontecimientos aislados, inconexos, que se nos muestran ininteligibles, y las claves para su comprensión no las enseñan en la escuela ni en la universidad, allí aprendemos verdades del tipo de que dos y dos son cuatro, que la Transición fue estupenda y ejemplar y el rey un menda cojonudo, que la Guerra Civil fue una contienda entre republicanos rojos y golpistas azules… y que deberíamos agradecerles que nos obsequien con esta maravillosa democracia por nuestra cara bonita, que sin haberlo sudado, sin esfuerzo siquiera, merezcamos vivir en el mejor y más libre de los mundos.

Antaño las personas éramos plenamente conscientes de nuestra posición social. Los esclavos tenían claro que lo eran, quién era su amo. Los proletarios sabían hasta qué punto eran explotados y conocían por quien, sabían perfectamente quien era su enemigo y no dudaban en enfrentarlo.

Hoy por hoy, tras la casi desaparición en estas latitudes del proletariado, en la acepción clásica del termino, cuando la mayoría de la clase productora ya no produce nada más que su propia perdición (teleoperadoras, seguratas, cajeras y reponedores de supermercados y centros comerciales, funcionarios, administrativos…), la conciencia de clase se ha perdido, evaporándose así la posibilidad de reconocer al enemigo y acometer contra él.

Hipnotizados y abducidos por la tele, la videoconsola, el fútbol, los culebrones, el móvil, las drogas, la estética… en suma, la Democracia, nos creemos libres. Libres para elegir entre Amena o Movistar, cocaína o éxtasis, pendiente en el ombligo o en la ceja, hipoteca a treinta o cuarenta años, votar a un valedor del capitalismo o a otro valedor del capitalismo, ver la uno o Telecinco, leer el País o el Mundo…; bajo una fachada de modernidad y progreso nuestras vidas son programadas y nuestra capacidad de decisión sobre ellas merma y se desintegra. Nace, crece, vota, consume… y muere, de cáncer, de vieja o de asco. Eso sí, calladitos y serviles, como dice el pánfilo del Melendi «caminando por la vida… intentando no hacer ruido, vestío con un sonrisa…»

Sin embargo, los que detentan el poder y sus cortesanos, sus mercenarios y rémoras que avanzan adheridos al tiburón para alimentarse de las piltrafas y despojos que sobran de la masacre, del banquete, tienen meridianamente claro el papel que desempeñan, la posición que ocupan y el beneficio que obtienen de este status quo. Los explotadores y ricos no sufren erosión alguna en su conciencia de clase, saben quien fue su enemigo y si algunos no lo perciben como tal es porque lo consideran vencido, totalmente derrotado, saborean su dulce y rotunda capitulación.

Hemos saltado de una consciente y forzosa esclavitud a una inconsciente y voluntaria servidumbre. Si la primera era trágica, la segunda es patética. Sin conciencia de clase no es posible acabar con las clases, sin conciencia de idiota no se puede dejar de hacer el idiota.

La rebeldía y las ansias de libertad y de justicia no tienen edad; surgen, fluyen, crecen y maduran a lo largo de toda la vida.

Porque fuimos catalogados como jóvenes rebeldes, radicales y nos lo creímos… Porque hemos participado y alimentado ambientes juveniles, pretendidamente revolucionarios y disidentes, y hemos visto cómo para la inmensa mayoría de sus integrantes prevalecen las formas sobre el fondo, que no existe. Lo superficial, la estética, la pose, el sentimiento de pertenencia a algo que no es nada, al menos nada diferente, nada transformador, es lo que prevalece; el creerse diferentes, críticos, al margen del sistema, cuando se participa de él igual que todo el mundo, son sólo palabras, sólo fachada.

La moda alternativa, radical o como se la quiera nominar, no es sino otra oferta del sistema que ha asimilado y recuperado desde la estética punk hasta el rock radical como otra mercancía más que ofrece para el consumo de jóvenes con supuestas inquietudes que inmersos al fin en este ambiente, en este gueto falsamente rebelde, se sienten diferentes y satisfechos, y creen cumplir así suficientemente con su tenue compromiso social.

Si nos detenemos en estas reflexiones es porque en su día caímos en su trampa y perdimos el tiempo dando importancia a lo que no la tiene realmente y porque, aunque sobra escribirlo, cada cual es libre de vestirse, peinarse y adornarse como le venga en gana, escuchar la música que le apetezca y consumir las drogas que le plazcan; esto no es más que eso, una decisión individual, unos gustos, unas presencias que carecen de toda trascendencia en el plano de las ideas, la ética, el compromiso, el conflicto social. A un opositor real, a un revolucionario, lo que le llama la atención y le seduce es leer, informarse, comprender… le interesa la acción, la estrategia, el buscar gente afín con quien comparta afinidades reales en estos términos, en este nivel. El resto de supuestos jóvenes rebeldes, los que sienten simpatía hacia los que visten como yo, fuman lo que yo, escuchan la música que yo… serán díscolos de boquilla, contestatarios de palique, revolucionarios de botellón, radicales de pacotilla y lo serán por poco tiempo, hasta que el paso de los años o de sus preferencias estéticas o musicales, por lo tanto, superfluas, les haga abandonar unos postulados que nunca lo fueron.

Con el mantenimiento de este gueto juvenil el sistema impide el desarrollo y la maduración del potencial revolucionario de muchos jóvenes que en él se pudre, se marchita o no llega ni a germinar, quedando todo en locura de juventud y reforzando un sistema que ofrece así su cara más amable, aparentando permitirlo todo y regalarnos todo tipo de libertades. A quienes osan rebasar la línea, salirse de esta representación teatral que ofrece, primero, el gueto a sí mismo para autoalimentarse y recrearse en su autocomplacencia y, después, al resto de la sociedad para recalcar su «somos tan diferentes y auténticos que se nos ve a simple vista”; es decir, los que pasen al enfrentamiento real con el enemigo, dejaran de ser considerados como simpáticos punkis, curiosos rastas, muchachas más o menos estrafalarias o consentidos ocupasbil y serán tratados como enemigos reales, tachados de exaltados y considerados violentos y antidemocráticos terroristas.

Quienes no somos tan jóvenes y sabemos que la rebeldía frente a lo injusto, frente al poder, no es un atributo o cualidad juvenil, no nos acomplejamos ni nos avergonzamos, más bien nos enorgullecemos de no pasar por el aro, de no comulgar con ruedas de molino, de no integrar el rebaño. Nunca es tarde si la dicha es buena y las que así pensamos hemos de buscar el conocernos, relacionarnos y actuar juntas en base a nuestro compromiso, interés y criterio, al margen de nuestra edad, de modas, de oficios… conjurando así el divide y vencerás que tan eficientemente aplica el poder.

Necesitamos recuperar nuestra identidad, nuestro orgullo, nuestra dignidad, y establecer un compromiso con nuestros iguales que nos permita enfrentarnos a quienes verdaderamente limitan y degradan nuestras vidas.

…Porque para hacer frente a este hatajo de malnacidos tan solo estamos nosotras.

 

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