El origen y consecuencias del genocidio armenio


El origen y consecuencias del genocidio armenio
Por: Nikolai Tróitski,
RIA Novosti

El 24 de abril, la comunidad armenia en el mundo conmemora a las víctimas del genocidio de su pueblo a manos del imperio Otomano.Durante esta limpieza étnica perpetrada en el territorio de la actual Turquía en 1915, fue asesinado cerca de un millón y medio de personas.

Lamentablemente, este no ha sido el único caso, en la historia moderna ha habido muchos otros ejemplos similares. Por lo que parece, en el siglo XX, la humanidad sufrió una regresión a tiempos pasados. Prácticas inhumanas propias del Mundo Antiguo y de la Edad Media, como las torturas, las represiones, las deportaciones en masa y el exterminio de pueblos y etnias enteras volvieron a ver la luz, incluso en países supuestamente avanzados social y culturalmente.

De entre todas, destacan sobremanera dos masacres por su brutalidad y alcance histórico: el genocidio de la comunidad armenia en el Imperio Otomano durante la I Guerra Mundial y el holocausto judío perpetrado por los nazis durante la II Gran Guerra.

En 1915, el Imperio Otomano estaba siendo gobernado por los Jóvenes Turcos, es decir, por un grupo de cadetes progresistas que habían derrocado al sultán Abdul Hamid II (oficialmente depuesto y desterrado en 1909). Al inicio de la Primera Guerra Mundial, el poder estaba en manos del triunvirato formado por los generales Cemal y Enver Baja y el ministro Talat Baja. Una de las medidas que tomaron fue el posteriormente denominado genocidio armenio.

Por supuesto, el crimen tuvo unas causas que lo precedieron y que fueron las siguientes: los armenios residían en el territorio del Imperio Otomano durante varios siglos. Desde siempre habían sufrido discriminación por razón de credo, ya que eran una minoría cristiana en una sociedad como la turca de fe musulmana. Además, esta comunidad, en su mayor parte, conformaba el estrato económico más pudiente del país, controlando el comercio y las finanzas. Estableciendo un paralelismo, los armenios desempeñaban en el Imperio Otomano el mismo papel que los judíos en la Europa Occidental.

Eran la fuerza que galvanizaba la economía del país pero, al mismo tiempo, eran objeto regular de las envidias, agresiones e incluso deportaciones.

El frágil equilibrio de la tolerancia se rompió en los años 80-90 del siglo XIX, cuando comenzaron a difundirse movimientos de orientación nacionalista y extremista entre los armenios. El grupo más radical fue el partido político de extrema izquierda Dashnaktsutiun, que buscaba formar un Estado independiente en el territorio del Imperio Otomano utilizando métodos simples y eficaces: hacerse con el control de las gestiones de los bancos, asesinar a los altos cargos del gobierno y perpetrar atentados terroristas.

El gobierno hizo todo lo posible para sofocar la violencia y restablecer el orden. Sin embargo, el afán nacionalista agravó la situación, y toda la población armenia tuvo que asumir las consecuencias de las acciones de guerreros del Dashnaktsutiun. Los disturbios ocurridos en varias zonas del Imperio Otomano fueron el motivo de ataques y acciones violentas contra la población armenia.

En 1914, Turquía entró en la I Guerra Mundial al lado de Alemania contra Rusia, pero los combatientes armenios sentían simpatía hacia las tropas rusas.

El gobierno de los Jóvenes Turcos acusó a los armenios de crear una “quinta columna” y ordenó la deportación masiva de la población armenia a las regiones de alta montaña.

Una deportación, un drama de cientos de miles de mujeres, niños y viejos, ya que la mayoría de los hombres había sido reclutada para el ejército. Muchos de ellos perdieron la vida durante el traslado, otros fueron ejecutados.

Tras la I Guerra Mundial, Estados Unidos y Gran Bretaña instituyeron una comisión especial para investigar este caso.

Quedaron algunos testimonios espeluznantes de los supervivientes de la tragedia:

“Los turcos agruparon a casi dos mil armenios, los rociaron con gasolina y les prendieron fuego. Yo estaba dentro de una iglesia a la que también querían incendiar con nosotros dentro. Mi padre, que pensaba que toda su familia estaba a punto de morir, nos llamó y nos dijo algo que nunca podré olvidar: no tengáis miedo, hijos míos, muy pronto estaremos en el paraíso todos juntos. Gracias a Dios que alguien descubrió unos túneles ocultos a través de los que pudimos escapar”.

El número exacto de las víctimas se desconoce. Se estima que más de un millón de armenios perdieron la vida durante aquel año. Más de 300.000 recibieron asilo en el Imperio Ruso, porque el Zar Nicolás II ordenó abrir las fronteras.

A pesar de que esta masacre no fue oficialmente autorizada por el triunvirato, los tres gobernadores asumieron toda la responsabilidad por estos actos. En 1919, Cemal Baja, Enver Baja y Talat Baja fueron condenados a muerte en rebeldía, ya que habían logrado escapar. Más tarde, los combatientes armenios de las organizaciones nacionalistas los fueron encontrando y ejecutando uno por uno.

Posteriormente, los países de la Triple Entente y el gobierno de la moderna República de Turquía encabezado por Mustafá Kemal Atatürk, acusaron a Enver Baja y a sus partidarios de cometer crímenes de guerra.

Mustafá Kemal se centró en la reconstrucción del país, optando por el autoritarismo, con una ideología radicalmente opuesta a la de los Jóvenes Turcos. Sin embargo, un gran número de gente implicada en la organización y ejecución del genocidio continuó desempeñando sus funciones administrativas en el gobierno de un país ya reformado, pero en que ya no quedaba casi ningún armenio.

Atatürk, a pesar de no haber estado implicado en los crímenes, siempre negó la existencia del genocidio. Por su parte y hasta hoy, Turquía comparte plenamente la postura de su primer presidente, del “Padre de la Nación”, y no sólo rechaza las acusaciones sobre el genocidio armenio, sino que incluso impone una condena de cárcel a cualquiera de sus ciudadanos que lo reconozca en público. Recordemos el caso del célebre escritor turco y Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, exonerado por el juez de los cargos de insultar el honor de Turquía solo gracias a la presión de la comunidad internacional.

Por su parte, varios países europeos han introducido la persecución legal contra aquellos que rechacen el genocidio de los armenios.

Sólo 18 países del mundo, entre ellos Rusia, han reconocido oficialmente este delito del Imperio Otomano. La diplomacia turca ha reaccionado de forma diversa frente a las respectivas posturas, en función de su origen. Los reconocimientos provenientes de los países comunitarios no han tenido ningún eco, ya que Ankara está muy interesada en el ingreso en la UE. Con Rusia tampoco quiere estropear sus relaciones, pero reacciona con agresividad a todos los intentos del Congreso estadounidense de plantear la cuestión sobre el genocidio armenio.

Es difícil entender por qué el gobierno turco sigue negando unos hechos que ya tienen casi cien años, y que fueron perpetrados por unas personas y por un país que ya no existen.

Según los politólogos armenios, Ankara teme que, en caso de reconocer el genocidio, la comunidad armenia pueda exigir una compensación material y territorial.

Sea como sea, una cosa está clara: Turquía deberá reconocer estos delitos si quiere incorporase como miembro de pleno derecho en la Unión Europea.

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